9 de marzo de 2011

Su respiración era cada vez más dificultosa. Los pulmones, encharcados, luchaban por conseguir ese último aliento, luchaban por no morir. La angustia en sus ojos fue dando paso a la resignación. La pequeña mano se aferró de repente, con fuerza inaudita, a la mano blanca de aquella dulce mujer, que observaba impasible cómo el niño moría. Se miraban el uno al otro, trasmitiéndose con la mirada todo lo que sentían. La mano del niño fue perdiendo fuerza, hasta que cayó encima de la cama. Dejó escapar un último suspiro. Sólo una lágrima resbaló por la mejilla de la doctora. Su corazón explotó de impotencia.

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